



Siempre me consideré alguien tímido, como si hubiera nacido en la época equivocada. Muchas veces siento que pertenezco más a una adolescencia en los años 80 que a los 2000. Para algunos puedo parecer distante, pero en realidad soy alguien muy observador; y cuando entro en confianza, puedo terminar hablando de temas que quizá nadie imaginaría… o tal vez sí.
Muchas personas me han dicho que tengo la capacidad de escuchar de verdad, y con el tiempo entendí que probablemente sea cierto. Casi sin darme cuenta, siempre termino escuchando historias: de gente mayor, de amigos, alumnos o personas que simplemente necesitan ser escuchadas. Y honestamente, me gusta poder hacerlo. Me gusta ser ese espacio de apoyo donde alguien puede compartir lo que siente, porque creo que a veces una buena conversación puede cambiar el día —o incluso la vida— de una persona.
Por otro lado, la música llegó para quedarse. La batería me abrazó hace más de 15 años y, aunque vivir como músico tiene desafíos y sacrificios, nunca he dudado de que fue una de las mejores decisiones de mi vida. Cada ensayo, cada escenario y cada momento difícil me recuerdan por qué elegí este camino.
Quiero llegar a viejo y mirar atrás con la tranquilidad de saber que viví haciendo lo que realmente amaba, que perseguí mis sueños con convicción y que todo lo que logré nació de esa pasión. Porque, al final, no conozco otra forma de ver la vida que no sea a través de los ojos de la música… y sinceramente, no pienso cambiar eso.



