



Desde adolescente, como muchos chicos de los 2000s, empecé en la música con un sueño clarísimo: formar una banda de rock. En ese camino fui pasando por distintos instrumentos —la batería, la guitarra y finalmente el bajo— hasta encontrar en este último algo con lo que realmente conecté. Me enamoré de ese groove que sostiene, conecta y le da vida a toda la banda. Porque, como dicen muchos amigos músicos: “el bajo no siempre se escucha” … y yo siempre respondo: “sí, pero se siente”. Con Akira, a quien conocía desde muchísimo antes —incluso desde los tiempos en que tocábamos juntos en el coro de las misas de la iglesia— comenzamos lo que después sería Chancho con Piña. Poco a poco, la banda fue creciendo y tomando forma gracias a la personalidad, energía y esencia que cada integrante aportó al proyecto. Lo que empezó como un grupo de amigos haciendo música terminó convirtiéndose en una propuesta con identidad propia y un estilo que simplemente no pasa desapercibido. Recuerdo que cuando surgió la idea de hacer chicha en japonés, literalmente me voló la cabeza. Fue uno de esos momentos donde piensas: “wow, esto puede ser algo realmente único”. Y lo más loco es que eso es apenas una pequeña muestra de todo lo que somos capaces de hacer juntos. Hoy, Chancho con Piña significa muchísimo más que una banda para mí. Es amistad, pasión, creatividad, experiencias inolvidables y ese “recutecu” especial que nace cuando cada persona aporta lo mejor de sí para construir algo auténtico, divertido y lleno de sabor. Porque al final, más allá de la música, se trata de crear momentos que hagan vibrar a la gente… y eso es exactamente lo que queremos seguir haciendo en cada canción y en cada escenario.



