Sofia Vidal
Cantante
Desde pequeña muchas personas me decían que cantaba bien, pero, sinceramente, me aterraba presentarme en público. Aun así, mientras hacía tareas en el salón, terminaba tarareando canciones sin darme cuenta, y los profesores siempre me decían: “ya pues, cántate una”. Creo que, sin saberlo, todo empezó justo ahí.
Fue en el colegio donde tuve mi primer gran acercamiento a la música japonesa, y desde ese momento sentí que había algo distinto en ella. Había una mezcla de espiritualidad, fuerza y emoción que podía sentirse en el eisa y el odori; algo tan intenso que no solo se escuchaba, sino que se vivía.
Esa conexión me llevó a bailar eisa. La potencia de los tambores, el ritmo y toda la energía de esa expresión artística comenzaron a formar parte de mí. Poco a poco se convirtió en algo muy personal, una pasión que me marcó incluso antes de que yo pudiera entender cuánto significaba realmente.
Más adelante, ya en la universidad, la música peruana llegó a mi vida casi contra mi voluntad… y terminó conquistándome por completo. Gracias a Chancho y a los caporales descubrí otra versión de esa misma fuerza que tanto me movía: música de lucha, de desamor, de fiesta, de locura y de resistencia. Una energía intensa y desbordada que, de alguna manera, me hacía sentir en casa.
Incluso encontraba similitudes entre los heishis de la música japonesa y los gritos militares de los caporales, como si en culturas distintas existiera la misma necesidad de usar la voz, el cuerpo y la música para levantarnos el espíritu y seguir adelante.
Y eso es justamente lo que siento estando en Chancho con Piña. Porque sí, a veces uno puede darse ánimos solo y seguir adelante por su cuenta… pero todo se vuelve mucho más fuerte y significativo cuando caminas junto a personas que consideras tu familia. Personas que te empujan a crecer, que creen en ti incluso cuando dudas y que te sostienen con amor, apoyo y energía incondicional.
